Catálogo de excusas para sobrevivir

Pasaron años

Escrito por griltifritz 03-03-2014 en narración. Comentarios (0)

Pediste años.

Años. Y yo quise darte años. Te quería. Y lo subrayé en mi mente. Lo alcé a mayúsculas, AÑOS. Cuántos… Eso no lo especificaste. Pero pasaron años.

Algunos terminaron fáciles, teníamos veinte, veintimedios, veintimuchos. Hicimos viajes, tú encargabas los billetes, yo sonreía en todas las fotos. Pasaron meses, pasaban años. Íbamos a cenar, bebíamos vino, bebíamos vodka, bebíamos de lo más profundo de nuestras bocas. Empapábamos las sábanas. Tú me abrazabas para dormirte. Me abrazabas nada más despertarte. Me hacías el desayuno. Pasaron años.

Fui al bautizo del más pequeño de tus primos, te presenté los álbumes de mis perros, de los vivos y de los muertos. Te enseñé la caja de hojalata de mis secretos. Te quería. Conociste a mis abuelos. Pasaron meses. Íbamos al parque, íbamos de tiendas, tú mirabas camisas, yo miraba zapatos, bufandas, miraba la planta de mujeres, la planta de hombres, la planta de niños. Tú te burlabas. Me pediste años. Cambiamos de casa, pintamos la casa. Pasaron años. Hicimos más viajes. A Rusia, a Pompeya, hicimos el amor en sus hoteles, en sus portales, en las orillas de sus lagos. Bebíamos vino, bebíamos vodka. A veces empecé a enfadarme. A veces lo escondía, a veces lloraba cuando ya te dormías. A veces te despertabas y me abrazabas. Pasaron meses. Años.

Compramos un gato. Yo pintaba cuadros, hacía tartas. A veces te odiaba. Seguías pidiendo años. Estaba enamorada. Fuimos a Ikea, compramos plantas, escritorios, perchas, espejos. Te abracé en las escaleras mecánicas. Pasaron años. Se murieron las plantas, se rompieron las perchas. Yo rompí el espejo. Te odiaba. Pero me hacías el desayuno. Íbamos a cenar. Yo bebía vino, bebía vodka. Tú te enfadabas cuando lloraba. Cogí el teléfono cuando llamó tu madre. Fuimos al funeral de tu padre. Volviste a fumar. Le pediste fuego al más pequeño de tus primos. Pasaron meses, pasaron años.

A veces podía perdonarte. Salíamos a cenar, tú querías hacer el amor, yo me levantaba tarde. Te escuchaba masticar el desayuno desde la cama, sorbías el café, te odiaba. Me miraba el cuerpo en los espejos. Pasaban horas. Me miraba el cuerpo. Estiraba la piel, izaba el pecho. Rompí otro espejo. Volvimos a Ikea. Nunca mirábamos muebles nuevos, camas distintas. Pasaron años, vimos morir al gato. Recogimos su caseta, sus juguetes. Tú te compraste otro smartphone. Yo pinté más cuadros. A veces me dormía sin haber llorado. Bebí más vino, más vodka. Dejé de regar las plantas, dejamos de empapar la cama. Pasaron años.

Hicimos algún viaje. Llevábamos pijamas de invierno. Tú te enfadabas cuando lloraba. Te enfadabas cuando no lloraba. Te enfadabas. A menudo cenaba sola. Bebía vino, bebía vodka. No me levantaba al desayuno, tú te enfadabas. Yo siempre lloraba. Llamamos para que pintasen la casa. Vendimos el escritorio, dimos las plantas, tiré el espejo. Devolvimos las llaves, yo te di un beso en la mejilla. Tú me borraste de tu smartphone. Yo te borré de mis cuadros. Pasaron años. 


Maldice, maldice las teorías de la frecuencia cardíaca

Escrito por griltifritz 09-11-2012 en General. Comentarios (0)


No todos los días nos late por igual el corazón. Partimos del promedio de unos 75 latidos por minuto. Pero en ocasiones, un momento de pánico nos desboca el pulso, un examen, una entrevista de trabajo, una palabra de la persona que nos quita el aliento. Hay días que nos pasan por encima plácidos, como un bálsamo. Y mañanas que, en unas horas, concentran toda la incertidumbre, la ira y la ansiedad de un febrero entero. Y el corazón pierde el compás. Son esos momentos de la vida los que nos obligan a “malgastar” latidos.


Porque es así. Verdaderamente, los malgastamos.


Como los muñecos de cuerda, estamos dejando de funcionar desde el mismo momento en que nuestro cronómetro se pone en marcha. Venimos equipados con un número determinado de latidos antes de que se nos agote la vida, y desde que salimos llorando al mundo, se activa la cuenta atrás. Orquestada por la sístole y la diástole de nuestro pecho, esta carrera no tiene pausas, ni descuentos, ni suplencias.


La media en el reino animal es de mil millones de latidos aproximadamente. Gracias a los avances de la medicina, los seres humanos gozan de un subsidio y alcanzan los dos mil millones. Entonces…, si todos los animales disfrutan de un presupuesto similar de latidos, ¿por qué cada especie vive un número de años diferente?, ¿qué es lo que provoca tantas desigualdades en la esperanza de vida? Todo depende del ritmo al que cada cual despilfarra su cuenta cardíaca.


Según el cálculo de Geoffrey West, físico teórico, y la fórmula del químico Max Kleiber, el tamaño del animal es lo que determina su consumo energético. Si partimos de que las criaturas más grandes tienen un metabolismo más lento, eso explicaría el motivo por el que dichas especies disfrutan de una esperanza de vida superior. El cuerpecillo diminuto y espástico de un colibrí poco tiene de resistente al tiempo. Con sus 1.200 pulsaciones por minuto y sus más de 100 aletazos por segundo, el pajarito dilapida su vida en cuestión de cinco o seis años. Mientras, los colosos de la Naturaleza alcanzan los setenta, ochenta, noventa años. Y existe el caso de una ballena boreal, cazada en 2007, con un arpón del siglo XIX atravesado en el lomo.


Un humano medio puede superar los 90 años si la enfermedad no corre más deprisa y desbarata sus intenciones. Pero cualquier animal de otra especie diría que no somos muy cuidadosos con el material con que nos han provisto. El corazón está entrenado para bombear en modo carrillón en los momentos en que el organismo entero debe ponerse en marcha: la caza, la huida y la cópula. Se desboca cuando presiente el peligro, en medio de la persecución, durante los otoños rojos de la berrea. Ese es el terreno para el que nos preparó la evolución. Y el patrón que obedecen aún la mayoría de los animales. Excepto nosotros. La naturaleza no nos prepara para sufrir angustia cuando solo estamos sentados delante de un ordenador en la oficina; para volatilizarnos en ira porque nuestro enemigo cruza la sala; para morir de incertidumbre por un wasap, de celos por una fotografía, de emoción por un saludo, de miedo por un desprecio. Ante el cómputo de los estímulos que nos alteran cotidianamente, deberíamos tener un plan B que nos permitiese atesorar esos latidos que se escapan, tic-tac, tic-tac, vida adelante, como un reloj adosado a una bomba.


Aquel hombre que se excita con la visión de la rodilla de su amada, que escurre sus pupilas muslo arriba, que ve detenida su incursión por la sombra y la doblez de la falda…, ¿sabe lo cara que le cuesta esa diarrea de latidos? ¿Sobre todo si al final esa inversión cardíaca culmina en… nada?


Y tú que estás sentada leyendo. Y entonces“él” aparece. Se te puede oír el corazón en las muñecas. Casi notas cómo te pasa en pedazos por la aorta, por la vena de la sien, en diminutas degluciones. Ningún animal más que el humano permitiría cosa tan absurda. Porque existe un hombre cuya presencia, o peor aún…, cuya ausencia, te subleva el corazón con una facilidad inclemente. Modifica la métrica de tu cuerpo. Te controla el metabolismo entero. Porque te dice que hoy come contigo, o que no come, que hoy duerme en tu cama, o que no viene. Que no importa lo que elija, porque diga lo que diga, tú lo pagas en espléndidos tributos de latidos…  Maldice, maldice las teorías de la frecuencia cardíaca. Más te valdría ser una pobre marmota, un lémur de cola anillada, una oveja Romanov, o cualquier otra criatura que no vaya así por la vida, malbaratando sus latidos.


Así que si eres así, pródigo en emociones, sujétate, como dijo Balzac, el corazón con las dos manos. Prioriza en niveles de angustia, serénate ante la presencia de él, o la de ella, o ante su ausencia. No te alteres, no imagines. Dosifica tus latidos. Y podrás tener una vida larga larga… y excepcionalmente… aburrida.


Nueve de cada diez ballenas boreales lo recomiendan.

Those inglorious sunday mornings. Segunda parte.

Escrito por griltifritz 31-10-2012 en General. Comentarios (0)


Sales del ascensor a un portal que no es el tuyo. Ahora, por la mañana, parece aún más decadente. Las paredes se desconchan y en las esquinas se acumulan virutas de ese amarillo anémico de la pintura vieja. Al fondo, dos cubos de basura. Abres la puerta, una de esas puertas altísimas, de madera oscura, del Madrid de los Austrias. Pesa como un castigo. Sales a la calle y la luz del sol te hiere en los ojos. Con las lentillas sin poner y ese pestuzo a sexo, te sientes sucia y desorientada. Eres como una larva en proceso de convertirse en ser humano. El sol se refleja en las mesas metálicas de las terrazas, en los escaparates, en los capós de los coches. Es esa luz blanca de media mañana que borra los contornos de las cosas. Te sientes asediada por tanta luz. La gente se une y desune a las puertas de los bares, pero ya no huele a croissants, ni a café, ni a la harina que queda en el fondo de las cajas de pan. Ya es muy tarde para sentir que empiezas el día. Lleva siendo tarde las dos horas de más que te has quedado en esa cama por compromiso, por la pereza de tener que disculpar tu prisa, por retrasar el momento de verte a ti misma como estás ahora. Sola y desarreglada, con las bragas de ayer y un sudor que no es el tuyo enfriándote las piernas. Sientes el pelo sucio, sabes que no llevas bien hecha la raya y que el remolino de la frente te está partiendo el flequillo en dos. Lo notas todo manoseado, desdomado. Pero no querías ni detenerte en ese cuarto de baño. Incluso al espejo del ascensor le has dado la espalda. Ya es tarde y hace demasiado calor. Te angustia que esa mezcla de sudores y saliva y líquidos, que se ha secado en tu piel, empiece a licuarse y a desprender un olor nauseabundo. Dios, cómo odias salir así a la calle. Te da la sensación de que tu organismo se expresa a un volumen demasiado alto. No quieres cruzarte ni con los desconocidos. Y no dejas de ser consciente del maldito remolino en tu frente. Incluso te avergüenzas cuando te saluda el conductor del autobús. Sientes que cada recodo de tu cuerpo lleva una marca que te delata. Y en las arrugas de tu vestido se puede seguir el rastro de esa noche. Estas deseando arrancarte esa ropa del cuerpo, sobre todo las bragas, las notas ahí abajo, mojadas y frías. Solo quieres llegar a tu casa. Quedarte sola y desnuda. Ducharte y arreglarte el remolino para ser la de siempre. Dejar tu cuerpo recogido y ordenado, encerrar la ropa en la lavadora, muy lejos de ti. Desayunar algo fuerte, cítrico, y sentir que desde dentro se te desatascan los sentidos. Eliminar el sabor de esa madrugada. Echarte en el sofá. Y dormir.


Esta vez, cuando despiertes, será mañana por la mañana.


Da igual la hora que sea.

De abejas y avispas y prostitución genética

Escrito por griltifritz 23-10-2012 en General. Comentarios (0)


Desde siempre, nos hemos llevado mejor con las abejas que con las avispas. Aunque, en realidad, nos advierten sobre ambas especies desde bien temprano. Aprendemos a identificarlas por las bandas de su abdomen. Estamos sobre aviso antes siquiera de haber comprobado la intensidad del dolor de sus picaduras. Y de ahí las escenas de pánico cuando un bicho negro y amarillo vuela en círculos explorando nuestra atmósfera. Sin embargo, el ser humano tolera mejor el comportamiento de las abejas. Las abejas hacen miel y esos departamentos de formas hexagonales. Las abejas tienen lenguaje propio y guarderías y un sistema jerárquico casi faraónico. Además, su cuerpo es más rechoncho y mullido que el de las avispas, y cuando se paran sobre las flores, parecen brochecitos de felpa. Incluso si vamos de picnic, las abejas solo zumbarán a nuestro alrededor de amapola en amapola, mientras que las avispas aprovecharán cualquier descuido para olisquear nuestras ensaladas y retozar en las rebanadas de pan. Pero si hay algo que nos hace disculpar el picotazo de las abejas, sobre todo lo demás, es la inmediatez de su muerte. Esa es la razón definitiva: el castigo cumplido. La venganza. Las avispas en cambio, remontarán cielo arriba desde nuestra herida, totalmente impunes.


¿Por qué? ¿Qué es lo que determina que en igualdad de condiciones una vida valga  más que otra?


Las abejas forman parte de un sistema social altamente especializado. La abeja obrera es infértil; solo un soldado, un recolector, un cuidador al servicio de la reina y la progenie. La abeja, si muere, muere por su comunidad. La avispa, en cambio, es una criatura fértil. Vive para sí y sus vástagos en mitad de la jungla evolutiva. Su muerte deja huérfana a toda su prole y directamente aniquila la posibilidad de la supervivencia de sus genes. Las personas preferimos a las abejas. Nos parecen más nobles, más comprometidas. Pero la verdad es que somos más avispas que abejas. En igualdad de condiciones, la supervivencia de nuestros genes depende más de nuestra propia supervivencia que de la de ningún líder de la colmena. En las sociedades humanas, la colmena tiene para el individuo menos validez que el nido. Y como les ocurre a las avispas, la fertilidad mueve los hilos de nuestras más bajas acciones. Pero también de las más nobles. Así es. Estamos sujetos a nuestra capacidad de reproducirlos.     


La reproducción y la supervivencia condicionan el comportamiento del ser humano, del mismo modo que ocurre en la sabana y en las planicies heladas de la Antártida. Y entre las dos, la reproducción es prioritaria. Si una leona se siente en peligro puede responder con la huida o el enfrentamiento. Su reacción depende exclusivamente de un factor. Si tiene crías, permanecerá junto a ellas; si está sola, el coste de la lucha no merece la pena.   


La capacidad de reproducirnos determina nuestra conducta, de manera que se adapte al propósito final de nuestros genes. Y el modo en que manipula nuestras decisiones cotidianas resulta sobrecogedor. Como dice Matt Ridley en The Red Queen: "La belleza en la mujer es un indicador de juventud y salud, que a su vez, son indicadores de fertilidad. ¿Y por qué se fijan los hombres en esos signos de fertilidad? Porque si no, sus genes se verán eclipsados por los de otro hombre más atento. ¿Eso preocupa a los hombres? No exactamente, pero sí a sus genes". Y lo mismo se puede decir en la versión opuesta. La riqueza, la fuerza y la ambición son para la mujer cualidades destacadas en la búsqueda de pareja. Un hombre que reúna esas virtudes podrá proporcionarle estabilidad y recursos mientras cría a su prole. Y todos sabemos el largo camino que recorren las crías humanas hasta ser independientes. Puede parecer mezquino, pero es cierto que no existe amor sin evaluación.


Por reproducción, por fertilidad, se explota la belleza y se simula la riqueza. Por sexo, al final, que es el vehículo necesario para la recombinación genética. Y hay que estar al tanto de los valores más cotizados en el mercado de parejas. Por sexo has decidido estudiar una carrera. Por sexo te has apuntado al gimnasio. Por sexo haces dieta, juegas a la lotería, compras ropa ajustada y te instalas whatsapp en el móvil. Por sexo te compras esas cremas antiarrugas y te has aprendido la lista de alimentos antioxidantes. Por sexo envidias la colección de sujetadores de tu vecina. Por sexo has tapizado de cuero los asientos de tu coche y te has gastado millones en un reloj de pulsera. Por sexo has cambiado tres veces tu foto de perfil en el Facebook. Por sexo apuntas más alto. Por sexo necesitas salir de lo mediocre y convertirte en la versión más completa y pulida de ti mismo.


A menudo, nuestras decisiones son solo estrategias para avanzar en el tablero de la evolución. Los genes no nos privan de la voluntad de elegir. No limitan nuestra libertad, ni coaccionan nuestros gustos. Pero desde luego, se encargan de que no despilfarremos nuestros recursos en balde. Al menos, si nuestro ADN es digno del proceso de recombinación. Invertir toda la cuenta de tu banco genético en una sola persona es un riesgo grande. Y aquí no existe la separación de bienes. La Naturaleza es poco clemente en estos casos. Quienes no merecieron la pena, no sobrevivieron más que unas pocas generaciones.


A la hora de la reproducción, tenemos el tiempo justo para errar, aprender y escoger al pretendiente más apto. La mayoría de los animales tienen el problema resuelto. La promiscuidad estacional y la prostitución genética garantizan una descendencia copiosa y variada. Así son las cosas. En la guerra evolutiva, cada especie comete los pecados que puede.

Manual de supervivencia para esquizofrénicas del amor

Escrito por griltifritz 18-10-2012 en General. Comentarios (2)

 

Estás envuelta en la manta. Ya hace una hora que ha anochecido, pero todavía es pronto para cenar y necesitas con urgencia una distracción. Así que tratas de ver otro capítulo de la serie. Has colocado el móvil en la mesa estratégicamente, a una distancia prudencial. No muy cerca, para no poder alcanzarlo con el brazo. Así te evitarás el panorama de verte a ti misma comprobando una y otra vez la ausencia de su respuesta. Pero tampoco lo has dejado muy lejos. Quieres ("Necesitas como si no hubiese mañana") escuchar el sonido del mensaje cuando aterrice, triunfal, en la bandeja de "recibidos".


   Ahora te tumbas en el sofá, a lo Marlene Dietrich, como una diva esculpida en hielo. Eres una mujer de verdad, sabes que no tiene por qué responderte enseguida, no lleva el móvil injertado en el sobaco. A veces un ruido de fondo en la televisión se asemeja de un modo insultante al de la recepción de mensajes en tu móvil. Es un sonido breve, ligeramente armónico. Con un toque acuático. Como un guijarro al hundirse en un lago... Bueno, no pasa nada por comprobarlo. ¿Qué más da? Lo puedes comprobar. Además solo tú sabes que lo vas a hacer. Él no va a recibir una notificación con el número de veces que compruebas la pantalla del móvil. Afortunadamente, tu nivel de psicopatía es confidencial. Así que te destapas, apartas la vista de la televisión y coges el móvil. No te habías dado cuenta de que la ilusión era tan intensa, hasta que la ausencia del icono de mensajes te hace sentir seca de repente. Deshidratada. Sueltas el teléfono, te acoplas de nuevo entre los cojines. Te concentras en la serie. Crees que si no lo piensas, ocurrirá. Porque así te ha demostrado la experiencia que se las gasta la vida. Así que ahí vas... Tu mirada se limita al recinto de 14 pulgadas de tu televisión (sí, eres una mujer, no necesitas una televisión más grande que tu cama). ¿Lo ves? Además esta serie te gusta. Ahora la protagonista entra corriendo en un taxi, ahora llega a la otra punta de Nueva York. Sube a uno de esos clubes boyantes de la ciudad, situado en una planta estratosférica, donde se bebe Ginn Fizz en copas majestuosas. ¿Te das cuenta? Una manta, una serie. No necesitas nada más. Bueno, en todo caso, comprobar la hora para ver si ya debes ocuparte de la cena. Acabas de ver cómo una mujer cruza Nueva York entero, se escancia cuatro cócteles en el estómago y se enrolla con un tío en una limusina. Al menos, han debido de pasar veinte minutos. No es que importe, no estás ansiosa. Solo da la casualidad de que necesitas mirar la hora. Y así son las cosas. En el siglo XXI los relojes de pulsera han sido desterrados, a no ser que seas el director general de una compañía de seguros y puedas permitirte un reloj tan grande como la órbita de Marte. Pero de momento, tú solo eres una chica tirada en un sofá de Ikea, así que tu único medio de saber si es hora de cenar, es comprobar la pantalla de tu móvil. Estiras el brazo con indolencia y alcanzas el teléfono. (En serio, ¿para quién finges? ¿Acaso crees que te están filmando?). La franja superior de la pantalla está totalmente despejada. Ahí te pudras, hijo de... Sueltas un bufido largo, lanzas el móvil a los pies del sofá. En la televisión anuncian una tienda de electrodomésticos. Y ahora en serio, quizás ya es realmente la hora de cenar. Observas con cierto desdén el teléfono encajado entre los cojines. ¿Qué puta hora era...?


   Tampoco tienes mucho más que hacer y te levantas a coger un yogur de la nevera. La vida también te ha enseñado que las posibilidades de recibir un mensaje aumentan considerablemente cuando no puedes oírlo. Así que te das un paseíto por los 35 metros cuadrados de tu piso. Abres el yogur. La tapa ha hecho un ligero ruido al despegarse, quizás el mensaje ha llegado mientras tanto. Te vas comiendo el yogur con una parsimonia absolutamente ficticia. Ahora rebañas con la cuchara haciendo todo el ruido que puedes contra el cristal. Pareces una energúmena ensayando para un concierto de triángulo. Paseas un poco más, te lavas las manos, compruebas los botes de crema. Vuelves a la cocina y colocas la vajilla seca en los armarios. Por casualidad, descubres que la basura está casi llena. Aprovechas la oportunidad para bajar al portal en pijama y gabardina. Bueno, ya deben de haber pasado al menos otros... ¿siete minutos? ¡¿Siete asquerosos minutos después de todas esas tareas absurdas?! Ahora sí que agarras el móvil sin concesiones. Has dejado la serie a medias, te has comido un yogur sin ganas, has colocado los platos y has bajado la puta basura. ¡¿Para esto?! ¿Para otro pantallazo de silencio? Bueno, además, mira, te da igual. Este tío es imbécil. Vuelves a echarte en el sofá. Ahora sí que no vas a estar pendiente del teléfono. Te tapas bien y subes el volumen. Bueno, solo vas a mirar a qué hora "exacta" le mandaste tú el mensaje para saber cuántos minutos de ira brutal estás acumulando. Luego trocarás esa ira en alguna venganza encubierta pasivo agresiva. Quizás hagas una media aritmética con todos sus tiempos de respuesta desde que le conoces. Quizás, si no te entra sueño, los compares con los de algún ex novio, solo para certificar que tu nueva relación no ha entrado en barrena. Bueno, ya sabes la hora exacta. Memorizas la cifra como si fuesen los números de la trama de Lost y el desenlace de tu vida dependiese de ellos.


   Ahora sí que sí. Te concentras en la televisión y en odiar a las mujeres que llevan bufandas de plumas por Nueva York. De vez en cuando, notas algo incómodo dentro, como una piedrita en tu pecho, y no sabes por qué. Entonces, claro que sí, te viene a la mente. Todavía hay algo irresuelto esa noche. Sientes una punzada de miedo. Quizás ya no te quiere. O no te quiere de la misma manera. De todos modos, no sirve de nada pensar. Ya no estás enfadada, sientes más pena que enfado. Y otra vez diriges tus ojos miopes al televisor. Entonces ocurre. ¿En serio? ¡Sí! ¡Ocurre! Ese sonido del mensaje, tres notas musicales encadenadas en armonioso contraste. (¿En serio lo confundes a veces con ruidos de la televisión, con la sirena de la policía, con los gases aflautados de tu gato? ¿Tan perturbada estás?). Y la vibración. Vibra el teléfono, vibra el sofá, un calambre te contrae la pantorrilla. Das un respingo y te lanzas a por el móvil como un bull terrier. Tienes esa euforia esquizoide que se ve aplacada por el absoluto terror de que él no sea el remitente. Ahí está el icono. Abres la bandeja de mensajes. Ali: Guapa, mañana vamos a ver El Capitán América. ¿Te pillamos entrada?... ¡Por supuesto! ¿Pero cómo lo dudaste? ¿Acaso eres estúpida? ¿Eh? ¿Eres imbécil perdida? Si no fuese Ali, sería mamá, el casero o la promoción del jodido Banco Pastor. O ese estudiante de intercambio al que dejaste de ver en séptimo, y que escoge esa hora de ese día para preguntarte cómo te va la vida. ¡Qué coño te importa! ¿Cómo te va a ti que te meta un bofetón? ¡¡ARRRRGGGG!! Ni siquiera contestas a Ali. Recibir en determinados momentos el mensaje incorrecto es igual que estar muriéndose de sed en el desierto, encontrar un cubo de agua, y que te digan que un gitano ha escupido dentro. No, eso no se le hace a una amiga. Enviar un mensaje cuando tu juicio pende de un hilo. Vete a la mierda, Ali. A la mierrrrrrrda. Y te llevas si quieres al puto Capitán América.   


   02:14 a.m. Preciosa, me quedé dormido en el sofá. Yo también te echo de menos.


   Uff, por fin. Menos mal que no eres ninguna energúmena. ;)