Catálogo de excusas para sobrevivir

Manual de supervivencia para esquizofrénicas del amor

 

Estás envuelta en la manta. Ya hace una hora que ha anochecido, pero todavía es pronto para cenar y necesitas con urgencia una distracción. Así que tratas de ver otro capítulo de la serie. Has colocado el móvil en la mesa estratégicamente, a una distancia prudencial. No muy cerca, para no poder alcanzarlo con el brazo. Así te evitarás el panorama de verte a ti misma comprobando una y otra vez la ausencia de su respuesta. Pero tampoco lo has dejado muy lejos. Quieres ("Necesitas como si no hubiese mañana") escuchar el sonido del mensaje cuando aterrice, triunfal, en la bandeja de "recibidos".


   Ahora te tumbas en el sofá, a lo Marlene Dietrich, como una diva esculpida en hielo. Eres una mujer de verdad, sabes que no tiene por qué responderte enseguida, no lleva el móvil injertado en el sobaco. A veces un ruido de fondo en la televisión se asemeja de un modo insultante al de la recepción de mensajes en tu móvil. Es un sonido breve, ligeramente armónico. Con un toque acuático. Como un guijarro al hundirse en un lago... Bueno, no pasa nada por comprobarlo. ¿Qué más da? Lo puedes comprobar. Además solo tú sabes que lo vas a hacer. Él no va a recibir una notificación con el número de veces que compruebas la pantalla del móvil. Afortunadamente, tu nivel de psicopatía es confidencial. Así que te destapas, apartas la vista de la televisión y coges el móvil. No te habías dado cuenta de que la ilusión era tan intensa, hasta que la ausencia del icono de mensajes te hace sentir seca de repente. Deshidratada. Sueltas el teléfono, te acoplas de nuevo entre los cojines. Te concentras en la serie. Crees que si no lo piensas, ocurrirá. Porque así te ha demostrado la experiencia que se las gasta la vida. Así que ahí vas... Tu mirada se limita al recinto de 14 pulgadas de tu televisión (sí, eres una mujer, no necesitas una televisión más grande que tu cama). ¿Lo ves? Además esta serie te gusta. Ahora la protagonista entra corriendo en un taxi, ahora llega a la otra punta de Nueva York. Sube a uno de esos clubes boyantes de la ciudad, situado en una planta estratosférica, donde se bebe Ginn Fizz en copas majestuosas. ¿Te das cuenta? Una manta, una serie. No necesitas nada más. Bueno, en todo caso, comprobar la hora para ver si ya debes ocuparte de la cena. Acabas de ver cómo una mujer cruza Nueva York entero, se escancia cuatro cócteles en el estómago y se enrolla con un tío en una limusina. Al menos, han debido de pasar veinte minutos. No es que importe, no estás ansiosa. Solo da la casualidad de que necesitas mirar la hora. Y así son las cosas. En el siglo XXI los relojes de pulsera han sido desterrados, a no ser que seas el director general de una compañía de seguros y puedas permitirte un reloj tan grande como la órbita de Marte. Pero de momento, tú solo eres una chica tirada en un sofá de Ikea, así que tu único medio de saber si es hora de cenar, es comprobar la pantalla de tu móvil. Estiras el brazo con indolencia y alcanzas el teléfono. (En serio, ¿para quién finges? ¿Acaso crees que te están filmando?). La franja superior de la pantalla está totalmente despejada. Ahí te pudras, hijo de... Sueltas un bufido largo, lanzas el móvil a los pies del sofá. En la televisión anuncian una tienda de electrodomésticos. Y ahora en serio, quizás ya es realmente la hora de cenar. Observas con cierto desdén el teléfono encajado entre los cojines. ¿Qué puta hora era...?


   Tampoco tienes mucho más que hacer y te levantas a coger un yogur de la nevera. La vida también te ha enseñado que las posibilidades de recibir un mensaje aumentan considerablemente cuando no puedes oírlo. Así que te das un paseíto por los 35 metros cuadrados de tu piso. Abres el yogur. La tapa ha hecho un ligero ruido al despegarse, quizás el mensaje ha llegado mientras tanto. Te vas comiendo el yogur con una parsimonia absolutamente ficticia. Ahora rebañas con la cuchara haciendo todo el ruido que puedes contra el cristal. Pareces una energúmena ensayando para un concierto de triángulo. Paseas un poco más, te lavas las manos, compruebas los botes de crema. Vuelves a la cocina y colocas la vajilla seca en los armarios. Por casualidad, descubres que la basura está casi llena. Aprovechas la oportunidad para bajar al portal en pijama y gabardina. Bueno, ya deben de haber pasado al menos otros... ¿siete minutos? ¡¿Siete asquerosos minutos después de todas esas tareas absurdas?! Ahora sí que agarras el móvil sin concesiones. Has dejado la serie a medias, te has comido un yogur sin ganas, has colocado los platos y has bajado la puta basura. ¡¿Para esto?! ¿Para otro pantallazo de silencio? Bueno, además, mira, te da igual. Este tío es imbécil. Vuelves a echarte en el sofá. Ahora sí que no vas a estar pendiente del teléfono. Te tapas bien y subes el volumen. Bueno, solo vas a mirar a qué hora "exacta" le mandaste tú el mensaje para saber cuántos minutos de ira brutal estás acumulando. Luego trocarás esa ira en alguna venganza encubierta pasivo agresiva. Quizás hagas una media aritmética con todos sus tiempos de respuesta desde que le conoces. Quizás, si no te entra sueño, los compares con los de algún ex novio, solo para certificar que tu nueva relación no ha entrado en barrena. Bueno, ya sabes la hora exacta. Memorizas la cifra como si fuesen los números de la trama de Lost y el desenlace de tu vida dependiese de ellos.


   Ahora sí que sí. Te concentras en la televisión y en odiar a las mujeres que llevan bufandas de plumas por Nueva York. De vez en cuando, notas algo incómodo dentro, como una piedrita en tu pecho, y no sabes por qué. Entonces, claro que sí, te viene a la mente. Todavía hay algo irresuelto esa noche. Sientes una punzada de miedo. Quizás ya no te quiere. O no te quiere de la misma manera. De todos modos, no sirve de nada pensar. Ya no estás enfadada, sientes más pena que enfado. Y otra vez diriges tus ojos miopes al televisor. Entonces ocurre. ¿En serio? ¡Sí! ¡Ocurre! Ese sonido del mensaje, tres notas musicales encadenadas en armonioso contraste. (¿En serio lo confundes a veces con ruidos de la televisión, con la sirena de la policía, con los gases aflautados de tu gato? ¿Tan perturbada estás?). Y la vibración. Vibra el teléfono, vibra el sofá, un calambre te contrae la pantorrilla. Das un respingo y te lanzas a por el móvil como un bull terrier. Tienes esa euforia esquizoide que se ve aplacada por el absoluto terror de que él no sea el remitente. Ahí está el icono. Abres la bandeja de mensajes. Ali: Guapa, mañana vamos a ver El Capitán América. ¿Te pillamos entrada?... ¡Por supuesto! ¿Pero cómo lo dudaste? ¿Acaso eres estúpida? ¿Eh? ¿Eres imbécil perdida? Si no fuese Ali, sería mamá, el casero o la promoción del jodido Banco Pastor. O ese estudiante de intercambio al que dejaste de ver en séptimo, y que escoge esa hora de ese día para preguntarte cómo te va la vida. ¡Qué coño te importa! ¿Cómo te va a ti que te meta un bofetón? ¡¡ARRRRGGGG!! Ni siquiera contestas a Ali. Recibir en determinados momentos el mensaje incorrecto es igual que estar muriéndose de sed en el desierto, encontrar un cubo de agua, y que te digan que un gitano ha escupido dentro. No, eso no se le hace a una amiga. Enviar un mensaje cuando tu juicio pende de un hilo. Vete a la mierda, Ali. A la mierrrrrrrda. Y te llevas si quieres al puto Capitán América.   


   02:14 a.m. Preciosa, me quedé dormido en el sofá. Yo también te echo de menos.


   Uff, por fin. Menos mal que no eres ninguna energúmena. ;)

Comentarios

Gracias, bonita!! Eres la primera que me escribe. Un besazo!

Me ha gustado mucho el relato :-)...enhorabuena, espero poder leer mucho más!

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