Catálogo de excusas para sobrevivir

De abejas y avispas y prostitución genética


Desde siempre, nos hemos llevado mejor con las abejas que con las avispas. Aunque, en realidad, nos advierten sobre ambas especies desde bien temprano. Aprendemos a identificarlas por las bandas de su abdomen. Estamos sobre aviso antes siquiera de haber comprobado la intensidad del dolor de sus picaduras. Y de ahí las escenas de pánico cuando un bicho negro y amarillo vuela en círculos explorando nuestra atmósfera. Sin embargo, el ser humano tolera mejor el comportamiento de las abejas. Las abejas hacen miel y esos departamentos de formas hexagonales. Las abejas tienen lenguaje propio y guarderías y un sistema jerárquico casi faraónico. Además, su cuerpo es más rechoncho y mullido que el de las avispas, y cuando se paran sobre las flores, parecen brochecitos de felpa. Incluso si vamos de picnic, las abejas solo zumbarán a nuestro alrededor de amapola en amapola, mientras que las avispas aprovecharán cualquier descuido para olisquear nuestras ensaladas y retozar en las rebanadas de pan. Pero si hay algo que nos hace disculpar el picotazo de las abejas, sobre todo lo demás, es la inmediatez de su muerte. Esa es la razón definitiva: el castigo cumplido. La venganza. Las avispas en cambio, remontarán cielo arriba desde nuestra herida, totalmente impunes.


¿Por qué? ¿Qué es lo que determina que en igualdad de condiciones una vida valga  más que otra?


Las abejas forman parte de un sistema social altamente especializado. La abeja obrera es infértil; solo un soldado, un recolector, un cuidador al servicio de la reina y la progenie. La abeja, si muere, muere por su comunidad. La avispa, en cambio, es una criatura fértil. Vive para sí y sus vástagos en mitad de la jungla evolutiva. Su muerte deja huérfana a toda su prole y directamente aniquila la posibilidad de la supervivencia de sus genes. Las personas preferimos a las abejas. Nos parecen más nobles, más comprometidas. Pero la verdad es que somos más avispas que abejas. En igualdad de condiciones, la supervivencia de nuestros genes depende más de nuestra propia supervivencia que de la de ningún líder de la colmena. En las sociedades humanas, la colmena tiene para el individuo menos validez que el nido. Y como les ocurre a las avispas, la fertilidad mueve los hilos de nuestras más bajas acciones. Pero también de las más nobles. Así es. Estamos sujetos a nuestra capacidad de reproducirlos.     


La reproducción y la supervivencia condicionan el comportamiento del ser humano, del mismo modo que ocurre en la sabana y en las planicies heladas de la Antártida. Y entre las dos, la reproducción es prioritaria. Si una leona se siente en peligro puede responder con la huida o el enfrentamiento. Su reacción depende exclusivamente de un factor. Si tiene crías, permanecerá junto a ellas; si está sola, el coste de la lucha no merece la pena.   


La capacidad de reproducirnos determina nuestra conducta, de manera que se adapte al propósito final de nuestros genes. Y el modo en que manipula nuestras decisiones cotidianas resulta sobrecogedor. Como dice Matt Ridley en The Red Queen: "La belleza en la mujer es un indicador de juventud y salud, que a su vez, son indicadores de fertilidad. ¿Y por qué se fijan los hombres en esos signos de fertilidad? Porque si no, sus genes se verán eclipsados por los de otro hombre más atento. ¿Eso preocupa a los hombres? No exactamente, pero sí a sus genes". Y lo mismo se puede decir en la versión opuesta. La riqueza, la fuerza y la ambición son para la mujer cualidades destacadas en la búsqueda de pareja. Un hombre que reúna esas virtudes podrá proporcionarle estabilidad y recursos mientras cría a su prole. Y todos sabemos el largo camino que recorren las crías humanas hasta ser independientes. Puede parecer mezquino, pero es cierto que no existe amor sin evaluación.


Por reproducción, por fertilidad, se explota la belleza y se simula la riqueza. Por sexo, al final, que es el vehículo necesario para la recombinación genética. Y hay que estar al tanto de los valores más cotizados en el mercado de parejas. Por sexo has decidido estudiar una carrera. Por sexo te has apuntado al gimnasio. Por sexo haces dieta, juegas a la lotería, compras ropa ajustada y te instalas whatsapp en el móvil. Por sexo te compras esas cremas antiarrugas y te has aprendido la lista de alimentos antioxidantes. Por sexo envidias la colección de sujetadores de tu vecina. Por sexo has tapizado de cuero los asientos de tu coche y te has gastado millones en un reloj de pulsera. Por sexo has cambiado tres veces tu foto de perfil en el Facebook. Por sexo apuntas más alto. Por sexo necesitas salir de lo mediocre y convertirte en la versión más completa y pulida de ti mismo.


A menudo, nuestras decisiones son solo estrategias para avanzar en el tablero de la evolución. Los genes no nos privan de la voluntad de elegir. No limitan nuestra libertad, ni coaccionan nuestros gustos. Pero desde luego, se encargan de que no despilfarremos nuestros recursos en balde. Al menos, si nuestro ADN es digno del proceso de recombinación. Invertir toda la cuenta de tu banco genético en una sola persona es un riesgo grande. Y aquí no existe la separación de bienes. La Naturaleza es poco clemente en estos casos. Quienes no merecieron la pena, no sobrevivieron más que unas pocas generaciones.


A la hora de la reproducción, tenemos el tiempo justo para errar, aprender y escoger al pretendiente más apto. La mayoría de los animales tienen el problema resuelto. La promiscuidad estacional y la prostitución genética garantizan una descendencia copiosa y variada. Así son las cosas. En la guerra evolutiva, cada especie comete los pecados que puede.

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