Catálogo de excusas para sobrevivir

Those inglorious sunday mornings. Segunda parte.


Sales del ascensor a un portal que no es el tuyo. Ahora, por la mañana, parece aún más decadente. Las paredes se desconchan y en las esquinas se acumulan virutas de ese amarillo anémico de la pintura vieja. Al fondo, dos cubos de basura. Abres la puerta, una de esas puertas altísimas, de madera oscura, del Madrid de los Austrias. Pesa como un castigo. Sales a la calle y la luz del sol te hiere en los ojos. Con las lentillas sin poner y ese pestuzo a sexo, te sientes sucia y desorientada. Eres como una larva en proceso de convertirse en ser humano. El sol se refleja en las mesas metálicas de las terrazas, en los escaparates, en los capós de los coches. Es esa luz blanca de media mañana que borra los contornos de las cosas. Te sientes asediada por tanta luz. La gente se une y desune a las puertas de los bares, pero ya no huele a croissants, ni a café, ni a la harina que queda en el fondo de las cajas de pan. Ya es muy tarde para sentir que empiezas el día. Lleva siendo tarde las dos horas de más que te has quedado en esa cama por compromiso, por la pereza de tener que disculpar tu prisa, por retrasar el momento de verte a ti misma como estás ahora. Sola y desarreglada, con las bragas de ayer y un sudor que no es el tuyo enfriándote las piernas. Sientes el pelo sucio, sabes que no llevas bien hecha la raya y que el remolino de la frente te está partiendo el flequillo en dos. Lo notas todo manoseado, desdomado. Pero no querías ni detenerte en ese cuarto de baño. Incluso al espejo del ascensor le has dado la espalda. Ya es tarde y hace demasiado calor. Te angustia que esa mezcla de sudores y saliva y líquidos, que se ha secado en tu piel, empiece a licuarse y a desprender un olor nauseabundo. Dios, cómo odias salir así a la calle. Te da la sensación de que tu organismo se expresa a un volumen demasiado alto. No quieres cruzarte ni con los desconocidos. Y no dejas de ser consciente del maldito remolino en tu frente. Incluso te avergüenzas cuando te saluda el conductor del autobús. Sientes que cada recodo de tu cuerpo lleva una marca que te delata. Y en las arrugas de tu vestido se puede seguir el rastro de esa noche. Estas deseando arrancarte esa ropa del cuerpo, sobre todo las bragas, las notas ahí abajo, mojadas y frías. Solo quieres llegar a tu casa. Quedarte sola y desnuda. Ducharte y arreglarte el remolino para ser la de siempre. Dejar tu cuerpo recogido y ordenado, encerrar la ropa en la lavadora, muy lejos de ti. Desayunar algo fuerte, cítrico, y sentir que desde dentro se te desatascan los sentidos. Eliminar el sabor de esa madrugada. Echarte en el sofá. Y dormir.


Esta vez, cuando despiertes, será mañana por la mañana.


Da igual la hora que sea.

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