Maldice, maldice las teorías de la frecuencia cardíaca

Escrito por griltifritz 09-11-2012 en General. Comentarios (0)


No todos los días nos late por igual el corazón. Partimos del promedio de unos 75 latidos por minuto. Pero en ocasiones, un momento de pánico nos desboca el pulso, un examen, una entrevista de trabajo, una palabra de la persona que nos quita el aliento. Hay días que nos pasan por encima plácidos, como un bálsamo. Y mañanas que, en unas horas, concentran toda la incertidumbre, la ira y la ansiedad de un febrero entero. Y el corazón pierde el compás. Son esos momentos de la vida los que nos obligan a “malgastar” latidos.


Porque es así. Verdaderamente, los malgastamos.


Como los muñecos de cuerda, estamos dejando de funcionar desde el mismo momento en que nuestro cronómetro se pone en marcha. Venimos equipados con un número determinado de latidos antes de que se nos agote la vida, y desde que salimos llorando al mundo, se activa la cuenta atrás. Orquestada por la sístole y la diástole de nuestro pecho, esta carrera no tiene pausas, ni descuentos, ni suplencias.


La media en el reino animal es de mil millones de latidos aproximadamente. Gracias a los avances de la medicina, los seres humanos gozan de un subsidio y alcanzan los dos mil millones. Entonces…, si todos los animales disfrutan de un presupuesto similar de latidos, ¿por qué cada especie vive un número de años diferente?, ¿qué es lo que provoca tantas desigualdades en la esperanza de vida? Todo depende del ritmo al que cada cual despilfarra su cuenta cardíaca.


Según el cálculo de Geoffrey West, físico teórico, y la fórmula del químico Max Kleiber, el tamaño del animal es lo que determina su consumo energético. Si partimos de que las criaturas más grandes tienen un metabolismo más lento, eso explicaría el motivo por el que dichas especies disfrutan de una esperanza de vida superior. El cuerpecillo diminuto y espástico de un colibrí poco tiene de resistente al tiempo. Con sus 1.200 pulsaciones por minuto y sus más de 100 aletazos por segundo, el pajarito dilapida su vida en cuestión de cinco o seis años. Mientras, los colosos de la Naturaleza alcanzan los setenta, ochenta, noventa años. Y existe el caso de una ballena boreal, cazada en 2007, con un arpón del siglo XIX atravesado en el lomo.


Un humano medio puede superar los 90 años si la enfermedad no corre más deprisa y desbarata sus intenciones. Pero cualquier animal de otra especie diría que no somos muy cuidadosos con el material con que nos han provisto. El corazón está entrenado para bombear en modo carrillón en los momentos en que el organismo entero debe ponerse en marcha: la caza, la huida y la cópula. Se desboca cuando presiente el peligro, en medio de la persecución, durante los otoños rojos de la berrea. Ese es el terreno para el que nos preparó la evolución. Y el patrón que obedecen aún la mayoría de los animales. Excepto nosotros. La naturaleza no nos prepara para sufrir angustia cuando solo estamos sentados delante de un ordenador en la oficina; para volatilizarnos en ira porque nuestro enemigo cruza la sala; para morir de incertidumbre por un wasap, de celos por una fotografía, de emoción por un saludo, de miedo por un desprecio. Ante el cómputo de los estímulos que nos alteran cotidianamente, deberíamos tener un plan B que nos permitiese atesorar esos latidos que se escapan, tic-tac, tic-tac, vida adelante, como un reloj adosado a una bomba.


Aquel hombre que se excita con la visión de la rodilla de su amada, que escurre sus pupilas muslo arriba, que ve detenida su incursión por la sombra y la doblez de la falda…, ¿sabe lo cara que le cuesta esa diarrea de latidos? ¿Sobre todo si al final esa inversión cardíaca culmina en… nada?


Y tú que estás sentada leyendo. Y entonces“él” aparece. Se te puede oír el corazón en las muñecas. Casi notas cómo te pasa en pedazos por la aorta, por la vena de la sien, en diminutas degluciones. Ningún animal más que el humano permitiría cosa tan absurda. Porque existe un hombre cuya presencia, o peor aún…, cuya ausencia, te subleva el corazón con una facilidad inclemente. Modifica la métrica de tu cuerpo. Te controla el metabolismo entero. Porque te dice que hoy come contigo, o que no come, que hoy duerme en tu cama, o que no viene. Que no importa lo que elija, porque diga lo que diga, tú lo pagas en espléndidos tributos de latidos…  Maldice, maldice las teorías de la frecuencia cardíaca. Más te valdría ser una pobre marmota, un lémur de cola anillada, una oveja Romanov, o cualquier otra criatura que no vaya así por la vida, malbaratando sus latidos.


Así que si eres así, pródigo en emociones, sujétate, como dijo Balzac, el corazón con las dos manos. Prioriza en niveles de angustia, serénate ante la presencia de él, o la de ella, o ante su ausencia. No te alteres, no imagines. Dosifica tus latidos. Y podrás tener una vida larga larga… y excepcionalmente… aburrida.


Nueve de cada diez ballenas boreales lo recomiendan.